
Anaranjadas siluetas proliferan en la afonía de la tarde,
es el color de la vida que se dispone a lucir,
son los labios trémulos del sol que se abren
expandiendo los telares en el crepúsculo de su boca.
Capullos se dispersan con imperceptibles vuelos
cumpliendo su condena bajo párpados cenicientos.
Son lamentos de amor que se disuelven en el ocaso
lágrimas fugitivas que huyen de noctámbulos centinelas.
El viento solar absorve sus esculturas
en un inmenso remolino tras el horizonte
formando un beso que se disuelve melancólico en el hidrógeno,
sólo así se resigna a naufragar sempiterno en su inefable quimera.
La tarde aletarga nuestra mirada en agraciados camuflajes
mientras en ardid el amor helíaco resiste a hundirse
dejando una estela de vergüenza en cada forma.
Todos percibimos sólo tonos en armonía
pero nadie conoce lo que en verdad allí se promueve,
tras el rojo igneo que se despierta iracundo
va la tierra sumergiendo el amor entre el fuego y las ondinas.
(L.Zanni)
es el color de la vida que se dispone a lucir,
son los labios trémulos del sol que se abren
expandiendo los telares en el crepúsculo de su boca.
Capullos se dispersan con imperceptibles vuelos
cumpliendo su condena bajo párpados cenicientos.
Son lamentos de amor que se disuelven en el ocaso
lágrimas fugitivas que huyen de noctámbulos centinelas.
El viento solar absorve sus esculturas
en un inmenso remolino tras el horizonte
formando un beso que se disuelve melancólico en el hidrógeno,
sólo así se resigna a naufragar sempiterno en su inefable quimera.
La tarde aletarga nuestra mirada en agraciados camuflajes
mientras en ardid el amor helíaco resiste a hundirse
dejando una estela de vergüenza en cada forma.
Todos percibimos sólo tonos en armonía
pero nadie conoce lo que en verdad allí se promueve,
tras el rojo igneo que se despierta iracundo
va la tierra sumergiendo el amor entre el fuego y las ondinas.
(L.Zanni)
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